La revolución feminista - Núm. 12-1, Abril 2005 - Frónesis. Revista de Filosofía Jurídica, social y política - Libros y Revistas - VLEX 44945946

La revolución feminista

Autor:Elida Aponte Sánchez
Cargo:Sección de Antropología Instituto de Filosofía del Derecho Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela Telefax: 58-261-7596657
RESUMEN

Enmarcada en el análisis de la revolución bolivariana que lidera el Presidente Hugo Chávez Frías, se ofrecen nuestras reflexiones sobre la Revolución Feminista, única revolución que suma sobre sus espaldas trescientos años. Revisar los postulados de nuestra revolución, sus logros y fracasos, fortalezas y debilidades en un mundo insatisfecho que se debate entre la globalización, el capitalismo... (ver resumen completo)

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1. Cuando un hombre se topa con nuestra revolución

Fernando Mieres, en un libro sugestivo que lleva por título “La revolución que nadie soñó” hace un análisis de varias revoluciones donde cada una se encuentra dentro y fuera de la otra como partes de un mismo todo analizado desde distintos campos. Así, se detiene en el análisis de la revolución microelectrónica, la revolución ecológica, la revolución política, la revolución paradigmática y la revolución feminista (MIERES, 1996: 7).

En su libro, Mieres llama la atención sobre un aspecto bien importante de la revolución feminista y es que su presencia se puede constatar con extraordinaria fuerza en los anaqueles de cualquier biblioteca. Veamos como describe el autor su encuentro con la revolución feminista:

“(...) Todo comenzó quizás aquel día en que buscando unos materiales de trabajo en la biblioteca de la Universidad, di con un estante relativo a literatura feminista. Seguí caminando a lo largo y encontré otro estante con libros feministas; luego otro; y otros más. Cientos; miles de libros y documentos al tema bloqueaban mi salida de ese lugar. Mujeres y política; mujeres y arte; mujeres y matemáticas; mujeres y cualquier cosa que a uno se le pueda ocurrir. En esos mementos, el feminismo me pareció que era una enredadera que, a medida que crece, se entrelaza con todo lo que encuentra a su alcance. Sólo tiempo después me daría cuenta de que ese modo entrelazado constituye la forma de ser del discurso feminista. Ahora bien: todo ese saber acumulado en los últimos años, pensé en ese momento, no podía simplemente ser fruto de la casualidad, sino más bien de un orden que se sistematizaba en alguna parte; que el cuantioso saber feminista almacenado en esos estantes era testimonio de algo que estaba ocurriendo fuera de la biblioteca. ¿Quizás el movimiento feminista?” (Ibíd.)

Lo que tal vez apreció Mieres en esa biblioteca no era más que la advertencia, parodiando al Quijote, de haberse topado con una de las manifestaciones más contundentes de la revolución feminista o la revolución de las mujeres (en sentido feminista), también denominada revolución sexual; su producción teórica.

En este punto quisiera hacer una aclaración importante en relación a que hablar de mujeres no es lo mismo que hablar de feminismo, tal y como ha dejado claro la autora española Amelia Valcárcel.

Desde el punto de vista de algo a lo que se llama la mujer o las mujeres, se puede discursear perfectamente sin que la perspectiva feminista esté asumida y en verdad esto se ha hecho en el pasado, durante siglos, para denostarlas, para atribuirles, con razón o sin ella, determinados tipos de cualidades o de errores anímicos, en fin, para excluirlas(…). El feminismo es un pensamiento de igualdad, o en otras palabras, el feminismo de una tradición de pensamiento político, con tres siglos a la espalda que surge en el mismo momento en que la idea de igualdad y su relación con la ciudadanía se plantean por primera vez en el pensamiento europeo. En el exacto momento en que aparece la idea de igualdad en la gran filosofía barroca, aparece el primer indicio de feminismo y consiste desde entonces en la vindicación de esa igualdad para la mitad de la humanidad a la cual no le es atribuida (VALCÁRCEL, 1997:89).

Pues bien, la revolución feminista, denominada también la revolución sexual, es una de las mayores revoluciones de los tiempos modernos. Es, en palabras de Almeida y Gallizo:

una extraña revolución en la que no se ha derramado una gota de sangre (al menos, de sangre ajena), de la que no ha perdurado el recuerdo de personajes singulares y heroicos cuya memoria honrar, que tampoco ha merecido grandes monumentos; una revolución que todavía no merece unas pocas líneas en los textos de la historia que se enseña en nuestras escuelas. Sin embargo, la revolución que han protagonizado las mujeres en este siglo ha sido la que más cosas ha hecho cambiar en la vida cotidiana de la gente y, sobre todo, la que ha producido cambios más irreversibles. Por tanto, es quizá la revolución que más en profundidad ha cambiado la sociedad (http//www.mujeresenred.nodo 50.es.).

Esa revolución que Mieres constató en la biblioteca, con trescientos años de existencia, ha sido la respuesta de las mujeres frente al patriarcado, sin olvidar que las mujeres hemos impulsado otras revoluciones, además de nuestra propia revolución a partir de la era cristiana con el nacimiento de la conciencia feminista; una revolución en la que hemos pedido que en la obra se haga un igual reparto de papeles entre hombres y mujeres.

2. Revolución feminista, igualdad y patriarcado

El reclamo que durante siglos ha motivado la lucha de las mujeres y que caracteriza al feminismo en el mundo es la igualdad. La igualdad, que es también el derecho de los derechos, ha nutrido en gran medida la teoría, o mejor dicho, las teorías que han inspirado la revolución feminista y los movimientos de las mujeres en general. Por ello cuando en la presente investigación al hablar de la revolución de las mujeres decimos que es la revolución feminista es porque tomamos el feminismo en su significado habitual. Ello es, como la doctrina de la igualdad de derechos para la mujer basada en la teoría de la igualdad de los sexos (EVANS, 1980:8).

En nuestra revolución luchamos por determinados objetivos que nos son negados por el patriarcado. El patriarcado es una cultura, un sistema, una civilización, un orden económico, un orden jurídico, etc. En otras palabras, la revolución feminista sabe que su enemigo, el patriarcado, se manifiesta de diferentes maneras, teniendo una forma de existencia múltiple, no localizable en una sola realidad ni en un determinado espacio ni en un determinado tiempo.

Por otra parte, el patriarcado es un poder. Un poder que se expresa, para decirlo con Foucault (1981: 36), microfísicamente, anidado en diferentes lugares, instituciones, personas, hábitos, culturas, religiones e, incluso, al interior del alma de muchas mujeres. No es sólo un orden jurídico, político y económico, ni es sólo una cultura, pero también lo es. Es mucho a la vez. Y eso quiere decir que no sólo es microfísico, sino también multidimensional y por eso, en palabras de Kate Millet, el patriarcado es “una de las ideologías más penetrantes de nuestra cultura” (MILLET, 1971: 25).

La revolución feminista no sólo está alimentada por un conjunto de teorías que se oponen al patriarcado a partir de las reflexiones que realiza el movimiento feminista desde todas las áreas del conocimiento sino por una práctica política. De tal manera que si esta revolución, la más profunda de la historia, se impone alguna vez, no sólo afectará determinados órdenes económicos, políticos y jurídicos, sino además la estructura sociocultural de los hombres y las mujeres.

En su lucha contra el patriarcado, el feminismo ha sido definido en varios sentidos: a) como una doctrina que aboga por la igualdad de derechos sociales y políticos de las mujeres con respecto a los de los hombres, b) un movimiento organizado para la obtención de esos derechos, c) la reivindicación de las demandas del colectivo femenino y el corpus teórico que han creado las mujeres, y c) la fe en la necesidad de un cambio social a gran escala que incremente el poder de las mujeres (LERNER, 1990:337). Nosotras lo asumiremos, a los fines de este artículo, en todos esos sentidos, recogiendo –por su utilidad– la diferencia que Gerda Lerner hace de “los derechos de la mujer” y “la emancipación de la mujer”. Para mi, tal diferencia está referida a valores que coexisten: por un lado la igualdad y por el otro la libertad y no sólo coexisten, sino que –en palabras de Gregorio Peces–Barba– son inseparables (1984:148).

El movimiento por los derechos de la mujer, que es el que ha tenido más protagonismo en Venezuela, es un movimiento que trata de obtener la igualdad de las mujeres con los hombres en cualquier aspecto de la sociedad y hacer que accedan a todos los derechos y oportunidades de que disfrutan los hombres en las instituciones de dicha sociedad. De este modo, el movimiento por los derechos de la mujer es afín al movimiento por los derechos civiles puesto que busca la participación igualitaria de las mujeres dentro del status quo. Es, en esencia, un objetivo reformista. En tanto que la emancipación de la mujer significa: libertad frente a las restricciones opresivas que impone el sexo, autodeterminación y autonomía. Es pertinente anotar que en ambos sentidos tenemos plena conciencia que el tema de fondo es el tema del poder.

La liberación de las restricciones opresivas que se les imponen a las mujeres por el sexo significa libertad de las restricciones biológicas y sociales. Autodeterminación quiere decir ser libre para decidir el propio destino; ser libre para decidir el papel social que se quiere, tener la libertad para tomar las decisiones que conciernen al cuerpo de cada una. La autonomía significa obtener un estatus propio y no el de haber nacido en o estar casada con. Significa independencia económica, libertad para escoger el estilo de vida y las inclinaciones sexuales. Todo lo cual implica una transformación radical de las instituciones, valores y teorías existentes (Ibíd.: 338).

En nuestra andadura, las feministas hemos compartido otras luchas con otros grupos, en la falsa creencia de que uniendo nuestros pedimentos a los pedimentos de ellos e incorporándonos a los movimientos que se decían revolucionarios en los distintos países, lograríamos hacer realidad nuestra aspiración, que no era otra que romper las terribles cadenas que nos sujetaban a la figura masculina del: padre, marido o Estado. Al final nos encontramos, siempre y en todos los casos, con las manos casi vacías y con la comprobación de que el patriarcado está en la base de todos los modelos políticos,...

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